No sé por dónde empezar, hoy me han pasado tantas cosas. He tomado el autobús desde Bhaktapur a Katmandú, era la una del mediodía y a los diez minutos de trayecto el autobús ha recogido un viejecito a las afueras de la ciudad. El hombre en cuanto ha subido al autobús y me ha visto se ha sentado a mi lado. Aparentaba unos setenta años, tenía las manos y parte de la cara completamente blanca, como una gran mancha. El caso es que me ha preguntado de dónde era y a dónde iba. Me ha aconsejado ir a Nagarkot y se me ha ofrecido a hacerme de guía. Yo no sabía muy bien qué responder, no sabía si era un hombre a la caza de guiris para hacerles de guía y así hacer un dinero extra o un hombre dispuesto a ayudarme desinteresadamente a cambio de hacer algo diferente y practicar su inglés que por cierto era excelente, incluso académico. Por este motivo no cabía duda de que había sido alguien importante ya que en Nepal los mayores de cuarenta no dominan a penas el inglés. Parecía tener mucha educación. Se llama Om Ram. Me explica que era un científico y que se había dedicado durante muchos años a la investigación. Le faltaban la mayoría de los dientes y eso dificultaba bastante la comprensión. Pero sí he entendido que había hecho un descubrimiento importante y que el gobierno no le había prestado mucha atención en su momento. También me ah dicho que había visitado las embajadas de gobiernos extranjeros pero que nadie mostró interés por su descubrimiento. El caso es que el hombre ha intentado explicarme alguna de sus teorías pero entre el ruido externo que entra por las ventanas y su escasa dentición no consigo entender a penas nada. Lo que sí he entendido es una frase: la luna es un instrumento. Lo ha repetido varias veces y es lo único que me ha quedado claro.
Om Ram habla con mucha tranquilidad, con la mirada limpia, es muy atento y su inglés me doy cuenta de que supera al mío. Me he disculpado por no poder entender todo su discurso pero el ruido de los cláxones es infernal. También me ha preguntado cuál era mi objetivo en la vida y le he dicho que viajar y estudiar. Estaba totalmente de acuerdo conmigo y que él no había estado en Europa pero que había estado en Bangkok, China, Singapur, India, etc. Se trata sin duda de alguien que en su momento fue importante. Hablaba y transmitía calma y sabiduría.
El chico de los billetes le ha pedido el dinero y me ha parecido entender que Om Ram me pedía que le pagara el billete, se lo he preguntado claramente y sin duda era lo que yo había entendido. De repente no me cuadraba mucho que un anciano se subiera a un autobús sin tener 17 rupias para el billete pero es una cosa más de las que no entiendo como extranjera aquí. No me ha importado en absoluto y he sacado 10 rupias pues no tenía más billetes pequeños. El chico me ha mirado como esperando más, en ese momento Om Ram ha sacado una pequeña libretita de su bolsillo y entre las páginas llevaba dos billetes de diez, le ha dado uno al chico sin esperar el cambio. Debo admitir que en ese momento he pensado que a lo mejor ese ancianito dulce y educado se dedicaba cada día a coger el autobús, buscar un guiri y ofrecérsele como guía, pero he apartado rápidamente esa idea de la cabeza pues su discurso era completamente sólido y desprendía demasiada educación. Simplemente era por ahorrarse unas rupias. Sobrevivir en Nepal no es nada fácil.
Al llegar a Katmandú, el bus se ha parado en medio de un tráfico horrible. La calle estaba cortada por una manifestación y los pasajeros han empezado a bajar del autobús para continuar a pie. Om Ram y yo hemos hecho lo mismo. Me ha cogido de la mano y se ha abierto paso entre la gente con determinación. En el trayecto me ha explicado también que había estudiado astronomía y que mi nombre tenía un significado según los astros. En un momento dado ha abierto su agenda y entre números y notas me ha enseñado su antigua tarjeta de presentación grapada a la libreta. La tarjeta decía algo así como El honorable Sr. Om Ra del Departamento de Predicción de terremotos. Me ha impresionado muchísimo.
Me ha explicado que tenía tres hijas y dos hijos. Y cogiéndome de la mano y por el tacto de la palma me ha dicho que yo tenía una buena naturaleza y mucha fuerza. Me ha acompañado e insistido en que lo llamara cuando quisiera, que su casa estaba disponible para mí. Al despedirnos me ha apretado las manos y me ha hecho prometer que lo llamaría. El propósito de su visita en Katmandú era encontrarse con un amigo.
Este país me sorprende tanto, no puedo dejar de pensar en cómo el lugar dónde nacemos nos condiciona tanto la vida.
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