Al salir de Dulikel, inicio una escarpada subida hacia el templo Kali, tramos y tramos de escaleras, se me hace interminable. Llego a la cima de una colina, esquivo el templo pues ya llevo unos 240 templos visitados y me encuentro con un maravilloso y limpísimo restaurante regentado por una familia de lo más amable. Desayuno. Asciendo una segunda colina de camino al siguiente pueblo. Después de cruzarme con ocho perros, veinte pollos, siete niños y miles de sonrisas llego a una carretera, la cruzo y sigo subiendo montaña arriba, son las 9.30, llevo una hora y media caminando y me quedan dos hasta Namu Buda.
En medio de la montaña al girar una curva me encuentro de repente con un batallón de 200 soldados en medio de la carretera haciendo maniobras, me detengo, todos se ríen y el mandamás hace un comentario, abren un pasillo entre ellos y me dejan pasar. Al cabo de dieciocho curvas más llego a otro poblado con casitas y veo una nevera de la cocacola dentro de una de ellas. Estoy sedienta, entro y una mujer de unos setenta años (más tarde me doy cuenta de que tiene unos cincuenta) me atiende muy amablemente. Me habla y me señala las gafas , se las presto y divertida me pide que le haga una foto. Tras saborear la cocacola caliente (pues la nevera estaba desenchufada) me enseña su casa, todo está muy limpio y organizado, me explica que tiene dos hijos , un "churi" y una "chura" deduzco, chico y chica.
Por fin llego a Namu Buda, es una aldea a los pies del monasterio, al entrar me encuentro con un grupo de peregrinos comiendo alegremente en uno de los puestos de comida, son tibetanos. Hay cerca una estupa, me siento y hago una ofrenda a un buda que hay en el interior de una casita. Tras tomar un te decido que he de volver en bus o en lo que sea, estoy muy cansada. A la salida del pueblo he visto un autobús así que pregunto a los tibetanos que a qué hora sale. Se ríen y me dicen que dentro de una hora. No sé qué les hace tanta gracia. Al cabo de una hora vuelvo y me acogen todos entre risas y repitiendo "namaste". Resulta que no es un autobús público sino que lo han alquilado para viajar desde Katmandú. Me siento, todos hablan y ríen y hacen un montón de chistes que no entiendo. Voy sentada al lado de una joven, me explica que tiene cuatro niños. Las mujeres van vestidas con largas faldas oscuras con rayas finas y los hombres van vestidos con pantalones y la mayoría llevan el pelo largo. Ponen música, más bien parecen cánticos apaches. Me siento super a gusto.
Llegamos a Dulikel, el autobús para para que me baje, he tenido que gesticular un montón para que entiendan que no voy a Katmandú. Se van riendo a carcajadas.
Me encuentro con Sudip y me lleva a comer a un pueblo vecino, Banepa. Es su ciudad. Me pregunta la edad, él tiene 27 años. Comemos Dal Bat Takali que es la especialidad de la zona y la pedir la cuenta el camarero me la trae a mí. Está claro que no es la primera vez que lo hace, Sudip no mueve ni un músculo, está acostumbrado a que paguen los turistas. No me importa ya que me hace de guía.
A continuación vamos a Panauti. Al entrar tengo la sensación de que he retrocedido unos 300 años. Todo es tan antiguo, la gente lleva ropajes muy curiosos y coloridos. Visitamos el templo principal, hay gente orando y cantando. En este país la oración parece ser el pasatiempo habitual de los mayores de cincuenta. Se pasan el día haciendo ofrendas a los dioses. Según me cuenta Sudip entre los 20 y los 50 trabajan y luego se dedican a orar.
Me invita a tomar café en su casa. No me apetece la idea pero acepto. Al entrar me lleva a una habitación, su habitación, en la que hay una cama, y una mesa. Le digo que prefiero tomar el café en el pasillo de la casa. Aquí una habitación es un hogar pero para mí es demasiado íntimo y no me siento cómoda. Me ofrece un nescafé y al acabar le pido que me lleve de regreso a Bhaktapur. No me resulta agradable la compañía masculina aquí, nos separan siglos de civilización y cultura, y las conversaciones son poco naturales.
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