Puspa es mi amigo nepalí en Barcelona, fue mi primer alumno nepalí y quien me trajo al resto de la comunidad para aprender español.
Hoy ha llegado a Katmandu, me ha llamado y me he reunido con él en el Hotel Potala, su hotel habitual, el que me alojé las dos primeras noches. Esta noche, prodigiosamente hay luz. En la habitación de Puspa nos hemos juntado ocho personas, entre ellos Tejmani, una mujer y dos jóvenes. Hemos comido y bebido whisky. Puspa se recupera lentamente de una rotura de huesos en el pie y no puede caminar. Hemos cenado una especie de fast food nepalí. Consistía en unos trocitos de cabra guisada, copos de algún cereal y garbanzos secos, arroz seco tostado y cacahuetes. Todo venía en bolsas que Tejmani iba abriendo y poniendo con la mano en los platos. Comida seca que íbamos engullendo con ayuda del whisky. Entre trago y trago, broma y broma, hablando en nepalí, español e inglés Puspa me anuncia que me va a buscar un marido nepalí, o sea, un "arranged marriage" riendo le digo que vale que total como los non arranged acaban en divorcio quizá los arranged den más garantías. Tejmani para completar me dice que entonces tengo que comprarle un regalo al novio, en concreto un abrigo o....no le entiendo, va contentillo y su inglés ha empeorado notablemente.
Son ya las diez y media y todo el mundo se retira. Me acompaña uno de los jóvenes, sobrino de Puspa a mi hotel. Bromea y me dice que mañana es San Valentin que duerma bien y sueñe con un marido nepalí.
La verdad es que me lo he pasado bien aunque no entendiera ni una palabra, era como si los entendiera. Según me cuentan los hombres aquí solo se casan con vírgenes o como mucho viudas y como aquí nadie se divorcia pues no tienen especímenes raros como yo.
Puspa es miembro de un partido político que organiza encuentros de una semana una vez al año. Asisten representantes nepalíes de todo el mundo, Puspa representa a España. Su hermano es un político importante y este año ha ganado las elecciones. Lo curioso es su rol de consultor. Es el que da consejos y directrices a todo el mundo, les dice a qué país deben enviar los hijos a estudiar, qué tipo de negocio abrir, con quién casarse, como obtener los visados en España, etc...
Al día siguiente en su habitación ha empezado a llegar gente desde las diez de la mañana. Puspa había venido de Pashupatinah, el templo más importante para los hindús. Su habitación se ha convertido en lugar de peregrinación. Primero ha venido un hombre de unos cincuenta, han hablado y Puspa ha anotado cosas en su apretada agenda. A continuación ha llegado una parejita jóven, el chico al entrar se ha arrodillado y ha besado los pies de Puspa al tiempo que éste le tocaba la cabeza. Han hablado y me los ha presentado, son familia. Luego me ha dedicado unos minutos para organizar mi viaje a Pokhara y el treking a Muktinath.
Su llegada ha sido un gran acontecimiento pues nadie hace nada sin su consentimiento o consejo. Es un hombre muy ocupado. Por la tarde he ido a ver a la familia de Tejmani y en su casa me ha contado una bonita historia mientras comíamos un delicioso puding de arroz. Resulta que justo enfrente de su casa hay una especie de orfanato con ocho niños entre 8 y 14 años. Al parecer un buen día apareció por allí un alemán, preguntó si había huérfanos por allí. Recogieron a ocho de la calle y les ofrecieron una casa. El alemán desde hace un año envía unos 200€ al mes con el que paga la casa, la comida, el sueldo de un cuidador y el resto de gastos.
viernes, 31 de julio de 2015
miércoles, 29 de julio de 2015
Un encuentro muy especial
No sé por dónde empezar, hoy me han pasado tantas cosas. He tomado el autobús desde Bhaktapur a Katmandú, era la una del mediodía y a los diez minutos de trayecto el autobús ha recogido un viejecito a las afueras de la ciudad. El hombre en cuanto ha subido al autobús y me ha visto se ha sentado a mi lado. Aparentaba unos setenta años, tenía las manos y parte de la cara completamente blanca, como una gran mancha. El caso es que me ha preguntado de dónde era y a dónde iba. Me ha aconsejado ir a Nagarkot y se me ha ofrecido a hacerme de guía. Yo no sabía muy bien qué responder, no sabía si era un hombre a la caza de guiris para hacerles de guía y así hacer un dinero extra o un hombre dispuesto a ayudarme desinteresadamente a cambio de hacer algo diferente y practicar su inglés que por cierto era excelente, incluso académico. Por este motivo no cabía duda de que había sido alguien importante ya que en Nepal los mayores de cuarenta no dominan a penas el inglés. Parecía tener mucha educación. Se llama Om Ram. Me explica que era un científico y que se había dedicado durante muchos años a la investigación. Le faltaban la mayoría de los dientes y eso dificultaba bastante la comprensión. Pero sí he entendido que había hecho un descubrimiento importante y que el gobierno no le había prestado mucha atención en su momento. También me ah dicho que había visitado las embajadas de gobiernos extranjeros pero que nadie mostró interés por su descubrimiento. El caso es que el hombre ha intentado explicarme alguna de sus teorías pero entre el ruido externo que entra por las ventanas y su escasa dentición no consigo entender a penas nada. Lo que sí he entendido es una frase: la luna es un instrumento. Lo ha repetido varias veces y es lo único que me ha quedado claro.
Om Ram habla con mucha tranquilidad, con la mirada limpia, es muy atento y su inglés me doy cuenta de que supera al mío. Me he disculpado por no poder entender todo su discurso pero el ruido de los cláxones es infernal. También me ha preguntado cuál era mi objetivo en la vida y le he dicho que viajar y estudiar. Estaba totalmente de acuerdo conmigo y que él no había estado en Europa pero que había estado en Bangkok, China, Singapur, India, etc. Se trata sin duda de alguien que en su momento fue importante. Hablaba y transmitía calma y sabiduría.
El chico de los billetes le ha pedido el dinero y me ha parecido entender que Om Ram me pedía que le pagara el billete, se lo he preguntado claramente y sin duda era lo que yo había entendido. De repente no me cuadraba mucho que un anciano se subiera a un autobús sin tener 17 rupias para el billete pero es una cosa más de las que no entiendo como extranjera aquí. No me ha importado en absoluto y he sacado 10 rupias pues no tenía más billetes pequeños. El chico me ha mirado como esperando más, en ese momento Om Ram ha sacado una pequeña libretita de su bolsillo y entre las páginas llevaba dos billetes de diez, le ha dado uno al chico sin esperar el cambio. Debo admitir que en ese momento he pensado que a lo mejor ese ancianito dulce y educado se dedicaba cada día a coger el autobús, buscar un guiri y ofrecérsele como guía, pero he apartado rápidamente esa idea de la cabeza pues su discurso era completamente sólido y desprendía demasiada educación. Simplemente era por ahorrarse unas rupias. Sobrevivir en Nepal no es nada fácil.
Al llegar a Katmandú, el bus se ha parado en medio de un tráfico horrible. La calle estaba cortada por una manifestación y los pasajeros han empezado a bajar del autobús para continuar a pie. Om Ram y yo hemos hecho lo mismo. Me ha cogido de la mano y se ha abierto paso entre la gente con determinación. En el trayecto me ha explicado también que había estudiado astronomía y que mi nombre tenía un significado según los astros. En un momento dado ha abierto su agenda y entre números y notas me ha enseñado su antigua tarjeta de presentación grapada a la libreta. La tarjeta decía algo así como El honorable Sr. Om Ra del Departamento de Predicción de terremotos. Me ha impresionado muchísimo.
Me ha explicado que tenía tres hijas y dos hijos. Y cogiéndome de la mano y por el tacto de la palma me ha dicho que yo tenía una buena naturaleza y mucha fuerza. Me ha acompañado e insistido en que lo llamara cuando quisiera, que su casa estaba disponible para mí. Al despedirnos me ha apretado las manos y me ha hecho prometer que lo llamaría. El propósito de su visita en Katmandú era encontrarse con un amigo.
Este país me sorprende tanto, no puedo dejar de pensar en cómo el lugar dónde nacemos nos condiciona tanto la vida.
Om Ram habla con mucha tranquilidad, con la mirada limpia, es muy atento y su inglés me doy cuenta de que supera al mío. Me he disculpado por no poder entender todo su discurso pero el ruido de los cláxones es infernal. También me ha preguntado cuál era mi objetivo en la vida y le he dicho que viajar y estudiar. Estaba totalmente de acuerdo conmigo y que él no había estado en Europa pero que había estado en Bangkok, China, Singapur, India, etc. Se trata sin duda de alguien que en su momento fue importante. Hablaba y transmitía calma y sabiduría.
El chico de los billetes le ha pedido el dinero y me ha parecido entender que Om Ram me pedía que le pagara el billete, se lo he preguntado claramente y sin duda era lo que yo había entendido. De repente no me cuadraba mucho que un anciano se subiera a un autobús sin tener 17 rupias para el billete pero es una cosa más de las que no entiendo como extranjera aquí. No me ha importado en absoluto y he sacado 10 rupias pues no tenía más billetes pequeños. El chico me ha mirado como esperando más, en ese momento Om Ram ha sacado una pequeña libretita de su bolsillo y entre las páginas llevaba dos billetes de diez, le ha dado uno al chico sin esperar el cambio. Debo admitir que en ese momento he pensado que a lo mejor ese ancianito dulce y educado se dedicaba cada día a coger el autobús, buscar un guiri y ofrecérsele como guía, pero he apartado rápidamente esa idea de la cabeza pues su discurso era completamente sólido y desprendía demasiada educación. Simplemente era por ahorrarse unas rupias. Sobrevivir en Nepal no es nada fácil.
Al llegar a Katmandú, el bus se ha parado en medio de un tráfico horrible. La calle estaba cortada por una manifestación y los pasajeros han empezado a bajar del autobús para continuar a pie. Om Ram y yo hemos hecho lo mismo. Me ha cogido de la mano y se ha abierto paso entre la gente con determinación. En el trayecto me ha explicado también que había estudiado astronomía y que mi nombre tenía un significado según los astros. En un momento dado ha abierto su agenda y entre números y notas me ha enseñado su antigua tarjeta de presentación grapada a la libreta. La tarjeta decía algo así como El honorable Sr. Om Ra del Departamento de Predicción de terremotos. Me ha impresionado muchísimo.
Me ha explicado que tenía tres hijas y dos hijos. Y cogiéndome de la mano y por el tacto de la palma me ha dicho que yo tenía una buena naturaleza y mucha fuerza. Me ha acompañado e insistido en que lo llamara cuando quisiera, que su casa estaba disponible para mí. Al despedirnos me ha apretado las manos y me ha hecho prometer que lo llamaría. El propósito de su visita en Katmandú era encontrarse con un amigo.
Este país me sorprende tanto, no puedo dejar de pensar en cómo el lugar dónde nacemos nos condiciona tanto la vida.
martes, 28 de julio de 2015
Precios y escuelas de Bhaktapur
Ocurre algo curioso cuando comparas el coste de ciertas cosas. Por ejemplo una habitación de hotel sencillo cuesta 300 rupias la noche pero si pides un café en el mismo hotel te cobran 100 rupias, es como si en España te cobraran 50€ por una noche de hotel y 15€ por un café. Y si pides un Dahl Bat te cobran 140 rupias (plato de comida típica) y si pides una cerveza te cobran 160 rupias, curioso ¿no?
Al parecer hasta hace unos meses y según me cuenta un amigo el café no existía aquí, los lugareños no lo toman solo los que quieren parecer más europeos o modernos.
Hoy ha sido un día entretenido. A las nueve de la mañana he desayunado en mi Café favorito, zumo de naranja, café y brownie. Luego me he ido con Suraj a su escuela. Hoy era el día en que los niños hacen ofrendas a la diosa de la enseñanza Sarasoti. Hemos salido en grupos de quince y cada grupo iba a un templo diferente, los niños traían de casa una bandejita con polvos rojos, arroz, dulces y una especie de mecha- vela. Hemos llegado con los mayores a uno de los templos y allí uno a uno ha hecho su ofrenda. Es una caseta embaldosada por dentro con azulejo blanco, y completamente sucio. Aquí la suciedad es algo que parece no molestar. A Sarasoti le gusta el blanco y en las imágenes siempre aparece vestida de blanco. Este ritual lo hacen una vez al año.
He visto que uno de los niños iba completamente de blanco y me ha extrañado mucho pues normalmente todos los alumnos llevan uniforme. Según me cuenta Suraj su padre murió hace poco y tiene que vestir de blanco todo un año y no comer tomate. Con lo difícil que es aquí mantener una prenda blanca. A continuación hemos regresado al colegio y nos han ofrecido comida. Comen a la una, entran en las clases y un profesor distribuye un trozo de papel de periódico a cada alumno, hace las veces de plato. Luego otra profesora con una gran bandeja metálica les pone un cucharón de Helan, una especie de crepe y patatas salteadas. Yo también he recibido mi ración y estaba todo buenísimo. Los niños comen sin hacer ningún asco, ruido o mueca extraña. Todos comen en silencio y sonrientes.
Los de trece años me han pedido que les hable de España, de mi y que les contara una historia. Les he contado la leyenda de Sant Jordi y lo que hacemos el 23 de abril en Cataluña. También han querido que les enseñara español así que con mucho gusto les he dado una pequeña lección, les ha encantado y lo escribían todo en su libreta.
Es una escuela muy sencilla, de tres plantas, construida con ladrillos, sin rebozar, las escaleras no tienen barandillas y las ventanas son simplemente una apertura, no tienen marcos ni cristales. Cada mañana al llegar a la escuela los niños se alinean en filas en el patio y hacen unos minutos de gimnasia antes de dirigirse a las aulas.
Por la tarde he visitado a mis amigas Kolpana y Matina y les he pedido que me acompañaran a comprar un sari rojo para mi madre. Kolpana ha negociado pero como era para mí, la extranjera, el comerciante no ha bajado mucho el precio. De todas formas he comprado un precioso sari rojo con bordados en hilo dorado. Después hemos tenido que ir a la costurera para que nos hiciera el top. Hemos entrado en un cuarto pequeño donde una joven cosía a máquina. Me ha costado mucho que entendieran las medidas de mi madre, y se reían pues no entendían como podía ser tan grande y gorda. En realidad no lo es pero al lado de ellas lo es sin duda.
Al parecer hasta hace unos meses y según me cuenta un amigo el café no existía aquí, los lugareños no lo toman solo los que quieren parecer más europeos o modernos.
Hoy ha sido un día entretenido. A las nueve de la mañana he desayunado en mi Café favorito, zumo de naranja, café y brownie. Luego me he ido con Suraj a su escuela. Hoy era el día en que los niños hacen ofrendas a la diosa de la enseñanza Sarasoti. Hemos salido en grupos de quince y cada grupo iba a un templo diferente, los niños traían de casa una bandejita con polvos rojos, arroz, dulces y una especie de mecha- vela. Hemos llegado con los mayores a uno de los templos y allí uno a uno ha hecho su ofrenda. Es una caseta embaldosada por dentro con azulejo blanco, y completamente sucio. Aquí la suciedad es algo que parece no molestar. A Sarasoti le gusta el blanco y en las imágenes siempre aparece vestida de blanco. Este ritual lo hacen una vez al año.
He visto que uno de los niños iba completamente de blanco y me ha extrañado mucho pues normalmente todos los alumnos llevan uniforme. Según me cuenta Suraj su padre murió hace poco y tiene que vestir de blanco todo un año y no comer tomate. Con lo difícil que es aquí mantener una prenda blanca. A continuación hemos regresado al colegio y nos han ofrecido comida. Comen a la una, entran en las clases y un profesor distribuye un trozo de papel de periódico a cada alumno, hace las veces de plato. Luego otra profesora con una gran bandeja metálica les pone un cucharón de Helan, una especie de crepe y patatas salteadas. Yo también he recibido mi ración y estaba todo buenísimo. Los niños comen sin hacer ningún asco, ruido o mueca extraña. Todos comen en silencio y sonrientes.
Los de trece años me han pedido que les hable de España, de mi y que les contara una historia. Les he contado la leyenda de Sant Jordi y lo que hacemos el 23 de abril en Cataluña. También han querido que les enseñara español así que con mucho gusto les he dado una pequeña lección, les ha encantado y lo escribían todo en su libreta.
Es una escuela muy sencilla, de tres plantas, construida con ladrillos, sin rebozar, las escaleras no tienen barandillas y las ventanas son simplemente una apertura, no tienen marcos ni cristales. Cada mañana al llegar a la escuela los niños se alinean en filas en el patio y hacen unos minutos de gimnasia antes de dirigirse a las aulas.
Por la tarde he visitado a mis amigas Kolpana y Matina y les he pedido que me acompañaran a comprar un sari rojo para mi madre. Kolpana ha negociado pero como era para mí, la extranjera, el comerciante no ha bajado mucho el precio. De todas formas he comprado un precioso sari rojo con bordados en hilo dorado. Después hemos tenido que ir a la costurera para que nos hiciera el top. Hemos entrado en un cuarto pequeño donde una joven cosía a máquina. Me ha costado mucho que entendieran las medidas de mi madre, y se reían pues no entendían como podía ser tan grande y gorda. En realidad no lo es pero al lado de ellas lo es sin duda.
domingo, 19 de julio de 2015
Hacia Namu Buda
Al salir de Dulikel, inicio una escarpada subida hacia el templo Kali, tramos y tramos de escaleras, se me hace interminable. Llego a la cima de una colina, esquivo el templo pues ya llevo unos 240 templos visitados y me encuentro con un maravilloso y limpísimo restaurante regentado por una familia de lo más amable. Desayuno. Asciendo una segunda colina de camino al siguiente pueblo. Después de cruzarme con ocho perros, veinte pollos, siete niños y miles de sonrisas llego a una carretera, la cruzo y sigo subiendo montaña arriba, son las 9.30, llevo una hora y media caminando y me quedan dos hasta Namu Buda.
En medio de la montaña al girar una curva me encuentro de repente con un batallón de 200 soldados en medio de la carretera haciendo maniobras, me detengo, todos se ríen y el mandamás hace un comentario, abren un pasillo entre ellos y me dejan pasar. Al cabo de dieciocho curvas más llego a otro poblado con casitas y veo una nevera de la cocacola dentro de una de ellas. Estoy sedienta, entro y una mujer de unos setenta años (más tarde me doy cuenta de que tiene unos cincuenta) me atiende muy amablemente. Me habla y me señala las gafas , se las presto y divertida me pide que le haga una foto. Tras saborear la cocacola caliente (pues la nevera estaba desenchufada) me enseña su casa, todo está muy limpio y organizado, me explica que tiene dos hijos , un "churi" y una "chura" deduzco, chico y chica.
Por fin llego a Namu Buda, es una aldea a los pies del monasterio, al entrar me encuentro con un grupo de peregrinos comiendo alegremente en uno de los puestos de comida, son tibetanos. Hay cerca una estupa, me siento y hago una ofrenda a un buda que hay en el interior de una casita. Tras tomar un te decido que he de volver en bus o en lo que sea, estoy muy cansada. A la salida del pueblo he visto un autobús así que pregunto a los tibetanos que a qué hora sale. Se ríen y me dicen que dentro de una hora. No sé qué les hace tanta gracia. Al cabo de una hora vuelvo y me acogen todos entre risas y repitiendo "namaste". Resulta que no es un autobús público sino que lo han alquilado para viajar desde Katmandú. Me siento, todos hablan y ríen y hacen un montón de chistes que no entiendo. Voy sentada al lado de una joven, me explica que tiene cuatro niños. Las mujeres van vestidas con largas faldas oscuras con rayas finas y los hombres van vestidos con pantalones y la mayoría llevan el pelo largo. Ponen música, más bien parecen cánticos apaches. Me siento super a gusto.
Llegamos a Dulikel, el autobús para para que me baje, he tenido que gesticular un montón para que entiendan que no voy a Katmandú. Se van riendo a carcajadas.
Me encuentro con Sudip y me lleva a comer a un pueblo vecino, Banepa. Es su ciudad. Me pregunta la edad, él tiene 27 años. Comemos Dal Bat Takali que es la especialidad de la zona y la pedir la cuenta el camarero me la trae a mí. Está claro que no es la primera vez que lo hace, Sudip no mueve ni un músculo, está acostumbrado a que paguen los turistas. No me importa ya que me hace de guía.
A continuación vamos a Panauti. Al entrar tengo la sensación de que he retrocedido unos 300 años. Todo es tan antiguo, la gente lleva ropajes muy curiosos y coloridos. Visitamos el templo principal, hay gente orando y cantando. En este país la oración parece ser el pasatiempo habitual de los mayores de cincuenta. Se pasan el día haciendo ofrendas a los dioses. Según me cuenta Sudip entre los 20 y los 50 trabajan y luego se dedican a orar.
Me invita a tomar café en su casa. No me apetece la idea pero acepto. Al entrar me lleva a una habitación, su habitación, en la que hay una cama, y una mesa. Le digo que prefiero tomar el café en el pasillo de la casa. Aquí una habitación es un hogar pero para mí es demasiado íntimo y no me siento cómoda. Me ofrece un nescafé y al acabar le pido que me lleve de regreso a Bhaktapur. No me resulta agradable la compañía masculina aquí, nos separan siglos de civilización y cultura, y las conversaciones son poco naturales.
En medio de la montaña al girar una curva me encuentro de repente con un batallón de 200 soldados en medio de la carretera haciendo maniobras, me detengo, todos se ríen y el mandamás hace un comentario, abren un pasillo entre ellos y me dejan pasar. Al cabo de dieciocho curvas más llego a otro poblado con casitas y veo una nevera de la cocacola dentro de una de ellas. Estoy sedienta, entro y una mujer de unos setenta años (más tarde me doy cuenta de que tiene unos cincuenta) me atiende muy amablemente. Me habla y me señala las gafas , se las presto y divertida me pide que le haga una foto. Tras saborear la cocacola caliente (pues la nevera estaba desenchufada) me enseña su casa, todo está muy limpio y organizado, me explica que tiene dos hijos , un "churi" y una "chura" deduzco, chico y chica.
Por fin llego a Namu Buda, es una aldea a los pies del monasterio, al entrar me encuentro con un grupo de peregrinos comiendo alegremente en uno de los puestos de comida, son tibetanos. Hay cerca una estupa, me siento y hago una ofrenda a un buda que hay en el interior de una casita. Tras tomar un te decido que he de volver en bus o en lo que sea, estoy muy cansada. A la salida del pueblo he visto un autobús así que pregunto a los tibetanos que a qué hora sale. Se ríen y me dicen que dentro de una hora. No sé qué les hace tanta gracia. Al cabo de una hora vuelvo y me acogen todos entre risas y repitiendo "namaste". Resulta que no es un autobús público sino que lo han alquilado para viajar desde Katmandú. Me siento, todos hablan y ríen y hacen un montón de chistes que no entiendo. Voy sentada al lado de una joven, me explica que tiene cuatro niños. Las mujeres van vestidas con largas faldas oscuras con rayas finas y los hombres van vestidos con pantalones y la mayoría llevan el pelo largo. Ponen música, más bien parecen cánticos apaches. Me siento super a gusto.
Llegamos a Dulikel, el autobús para para que me baje, he tenido que gesticular un montón para que entiendan que no voy a Katmandú. Se van riendo a carcajadas.
Me encuentro con Sudip y me lleva a comer a un pueblo vecino, Banepa. Es su ciudad. Me pregunta la edad, él tiene 27 años. Comemos Dal Bat Takali que es la especialidad de la zona y la pedir la cuenta el camarero me la trae a mí. Está claro que no es la primera vez que lo hace, Sudip no mueve ni un músculo, está acostumbrado a que paguen los turistas. No me importa ya que me hace de guía.
A continuación vamos a Panauti. Al entrar tengo la sensación de que he retrocedido unos 300 años. Todo es tan antiguo, la gente lleva ropajes muy curiosos y coloridos. Visitamos el templo principal, hay gente orando y cantando. En este país la oración parece ser el pasatiempo habitual de los mayores de cincuenta. Se pasan el día haciendo ofrendas a los dioses. Según me cuenta Sudip entre los 20 y los 50 trabajan y luego se dedican a orar.
Me invita a tomar café en su casa. No me apetece la idea pero acepto. Al entrar me lleva a una habitación, su habitación, en la que hay una cama, y una mesa. Le digo que prefiero tomar el café en el pasillo de la casa. Aquí una habitación es un hogar pero para mí es demasiado íntimo y no me siento cómoda. Me ofrece un nescafé y al acabar le pido que me lleve de regreso a Bhaktapur. No me resulta agradable la compañía masculina aquí, nos separan siglos de civilización y cultura, y las conversaciones son poco naturales.
miércoles, 1 de julio de 2015
De camino al templo Namu Buda
Estoy en Bhaktapur. Esta mañana me he despertado a las seis, al son de los gargajos de mi vecino el de la 108. Son dos indios y han empezado a hablar y gritar como si estuvieran solos en el hotel. Han iniciado el ritual de higiene tan común aquí; es un aclarado de garganta que dura entre seis y diez minutos. De hecho es un ritual que repiten cientos de veces al día.
Los newar aquí en Bahktapur se despiertan muy temprano, entre las cinco y las seis de la mañana, hacen sus gargajos, desayunan arroz y se van a trabajar. Lo curioso es que a esas horas hablan mucho y muy deprisa, me pregunto que tendrán que explicarse si se acaban de levantar!
Me gustaría explicar mi aventura de ayer de camino a Namu Buda. Según los consejos de mi amigo Tejmani me levanté a las seis y cogí el autobús de las seis y media para Dulikel. Tejmani dice que a esas horas se ven más cosas, lo que no sabe es que cada mañana hay una niebla tremenda que no te permite ver gran cosa y lo peor es que se mantiene durante el día. Es un efecto extraño, hace mucho sol pero las montañas parecen estar cubiertas por un gran velo blanco.
A las siete y media estaba en Dulikel, como de costumbre los diablillos del autobús que cobran los billetes no me devuelven el cambio, como para ellos unas rupias marcan la diferencia no protesto pero me los quedo mirando unos segundos, el problema es que nunca llego a saber el precio real pues no les entiendo. Normalmente les doy un billete de diez rupias y si protestan les doy otro de cinco.
Al llegar a Dulikel he buscado donde tomar un café. No es un lugar donde llegan los turistas así que los bares que hay son para lugareños y cuesta distinguirlos. Entro en uno y pido shell y te, el shell es un rosco grande como de pasta de churro que está bastante bueno. La señora del bar parece estar de mal humor, me mira mal, dice algo al resto de comensales y se va. Aquí cuando pides algo parecen no entender, pero a la media hora vuelven con lo que has pedido, es solo una cuestión de paciencia. La señora regresa con un té y dos shells churrascados completamente negros e incomestibles. Me tomo el te, ella me mira desde los fogones, yo, mal dormida y peor despertada le digo: este shell no está bueno. Se acerca, lo toquetea con las manos y se va.
A continuación recorro el pueblo y me dirijo al inicio del sendero en dirección a Namu Buda, un monasterio budista lugar de peregrinación para los tibetanos. De camino me llama Sudip, un joven presuntuoso que había conocido la noche anterior en el Black Coffee Cup y que se había ofrecido a enseñarme la región. Como era un amigo de Prakash no pude negarme. Pero esta mañana lo único que quería era caminar sola y no ser el entretenimiento de nadie. Quedamos en comer juntos por la tarde.
Los newar aquí en Bahktapur se despiertan muy temprano, entre las cinco y las seis de la mañana, hacen sus gargajos, desayunan arroz y se van a trabajar. Lo curioso es que a esas horas hablan mucho y muy deprisa, me pregunto que tendrán que explicarse si se acaban de levantar!
Me gustaría explicar mi aventura de ayer de camino a Namu Buda. Según los consejos de mi amigo Tejmani me levanté a las seis y cogí el autobús de las seis y media para Dulikel. Tejmani dice que a esas horas se ven más cosas, lo que no sabe es que cada mañana hay una niebla tremenda que no te permite ver gran cosa y lo peor es que se mantiene durante el día. Es un efecto extraño, hace mucho sol pero las montañas parecen estar cubiertas por un gran velo blanco.
A las siete y media estaba en Dulikel, como de costumbre los diablillos del autobús que cobran los billetes no me devuelven el cambio, como para ellos unas rupias marcan la diferencia no protesto pero me los quedo mirando unos segundos, el problema es que nunca llego a saber el precio real pues no les entiendo. Normalmente les doy un billete de diez rupias y si protestan les doy otro de cinco.
Al llegar a Dulikel he buscado donde tomar un café. No es un lugar donde llegan los turistas así que los bares que hay son para lugareños y cuesta distinguirlos. Entro en uno y pido shell y te, el shell es un rosco grande como de pasta de churro que está bastante bueno. La señora del bar parece estar de mal humor, me mira mal, dice algo al resto de comensales y se va. Aquí cuando pides algo parecen no entender, pero a la media hora vuelven con lo que has pedido, es solo una cuestión de paciencia. La señora regresa con un té y dos shells churrascados completamente negros e incomestibles. Me tomo el te, ella me mira desde los fogones, yo, mal dormida y peor despertada le digo: este shell no está bueno. Se acerca, lo toquetea con las manos y se va.
A continuación recorro el pueblo y me dirijo al inicio del sendero en dirección a Namu Buda, un monasterio budista lugar de peregrinación para los tibetanos. De camino me llama Sudip, un joven presuntuoso que había conocido la noche anterior en el Black Coffee Cup y que se había ofrecido a enseñarme la región. Como era un amigo de Prakash no pude negarme. Pero esta mañana lo único que quería era caminar sola y no ser el entretenimiento de nadie. Quedamos en comer juntos por la tarde.
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