La primera impresión al entrar en la ciudad es de susto. Los coches circulan en todas direcciones de manera totalmente anárquica, motos y bicis se cruzan constantemente; no hay carriles ni semáforos y la gente cruza la calle a trozos, es decir, a medida que encuentran medio metro libre. Los coches tienen el volante a la derecha y con una mano lo mueven y con la otra tocan el claxon. Mi taxista lleva un pequeño Suzuki con una alfombra sobre los asientos traseros, es bastante cómodo. El conductor tiene rasgos tibetanos.
Mi amigo Puspa me había reservado una suite de luxe con TV en un hotel del centro en el cual se aloja cada vez que va a Katmandú. Tiene agua caliente, mucha suciedad y luz a ratos. El hecho de que no haya luz es una bendición pues así no veo lo que no debo ver. El lavamanos está junto a la ducha, hay un manojo de grifos y mandos a distintas alturas pero ninguno funciona, los abro todos y al cabo de unos segundos empieza a salir agua de uno de ellos. Como estoy a oscuras decido ducharme otro día.
A eso de las ocho de la noche la luz se va y me quedo en la más profunda oscuridad, son las 3 de la tarde en Barcelona y claro, a esas horas no puedo pegar ojo. A tientas encuentro mi móvil y lo uso de linterna, veo un trozo de vela y la enciendo y pienso en cómo hacer sueño. Fuera, en la esquina de enfrente están celebrando una fiesta, la música se escucha como si estuviera en la habitación de al lado, alternan Boliwood con Regueton, la mezcla es bastante buena, escucho la canción de "Me gusta la gasolina, dame más gasolina". Empiezo a aburrirme, intento leer a la luz de la vela y con tapones puestos consigo dormirme.
A las dos de la mañana se enciende la luz a traición y abro los ojos como platos, ya no tengo sueño, son las ocho de la noche en mi reloj catalán. Intento leer, luego cotilleo las instrucciones de la cámara y me doy cuenta de que he comprado tarjetas de memoria para otro modelo de cámara. La noche se me está haciendo larguísima y estoy deseando que sean las 6 de la mañana para levantarme y salir a desayunar. Me duermo del aburrimiento.
De repente llaman a la puerta, es Tezmani, el hermano de mi amiga Ganga. Sin darme cuenta he conseguido dormir cinco horas. Para no hacerlo esperar salgo pitando de la habitación sin ducharme. No sé porqué motivo empezamos a caminar a toda castaña embutidos entre gente, motos y coches. Tezmani parece tener prisa o es su manera de pasear. Es un hombre adorable, de unos 32 años, comercial, me explica que tiene dos trabajos, es representante de una fábrica de ruedas de coche. Limpio y bien vestido me lleva a la plaza Durbar pero antes nos sentamos a desayunar. Nos metemos en un bar chino donde solo sirven sopa de arroz y momos, que son como grandes empanadas rellenas de carne y verdura. Como sin hambre.
Seguimos por la calle y veo la intensa mezcla racial. Cada cara es diferente, entre chinos, tibetanos, nepalíes. Es fascinante. Hay niños por todas partes danzando con los pies descalzos.
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