Llegamos a Durbar Square donde tengo que pagar para visitar la zona, no hay vallas, es un recinto abierto pero alguien uniformado se me acerca con un talonario en la mano. Son todo templos antiquísimos de ladrillo rojo y madera, cuento también doce vacas que se pasean tranquilamente en medio de tanto tumulto, rodeadas a su vez por cientos de palomas. Empiezo a despertar pero no me cuesta esfuerzo asimilar todo lo que veo, es mi primer día. Visitamos una especie de palacio hecho de madera, me explica Tezmani que toda la madera procede de un solo árbol, me cuesta imaginar un árbol así ya que el templo tiene el tamaño de un país pequeño! Tomamos café en un bar al que se sube por una escalera oscura, el interior está a oscuras y no consigo ver las mesas, poco a poco me hago a la oscuridad y veo una chica que se acerca con dos vasos.
Seguimos hasta otro monumento; una torre blanca con forma de faro o minarete. Subimos, hay 264 escalones, la vista desde lo alto es magnífica; se ve todo Katmandú, un amasijo de bloques de pisos y casas con tejado de chapa. El cielo está cubierto de una nube blanca y densa que no permite ver el horizonte, hay demasiada contaminación. A continuación visitamos un mercado donde las tiendas están completamente vacías, Tezmani me lleva a un puesto de móviles para comprarme uno y tenerme siempre localizada....sigue las órdenes de su primo Puspa, mi amigo en Barcelona.
Es mediodía y me lleva a un restaurante nepalí. De nuevo entramos en un lugar oscuro, veo unas mesas, me siento en la primera a tientas hasta que poco a poco mis ojos se acostumbran a la oscuridad y descubro una familia sentada a nuestro lado. Comemos una tapa de carne y otra de arroz tostado con una carne especiada y realmente buena. Tezmani me pone al corriente de lo que puede interesarme, planeamos una ruta para los próximos días. Se ha hecho tarde y volvemos caminando al hotel. Tengo ganas de ducharme.
Por cierto, la gente me mira bastante pues no hay apenas turistas, rubia y con ojos azules, me miran como miro yo a los monos cuando voy al zoológico, se ríen, y los niños me acarician el pelo. Junto a la torre blanca he conocido a una familia originaria de algún lugar remoto por la vestimenta y los rasgos, llevan vestidos muy vistosos y el padre anima a su hijo a que me pregunte que cómo estoy, les hago fotos, posan contentos. Se despiden con un Namaste. Esta palabra sirve para decir hola y también adiós.
Lo que no me está gustando es el té, qué decepción, es suave y le ponen demasiada leche que es de búfala y sabe distinto. Por la noche se ha ido de nuevo la luz a las ocho, así que he decidido ir a cenar. Primero me he aventurado a entrar en un restaurante para nepalíes pero no me han hecho mucho caso y al final me han dicho que estaba cerrado. A la vuelta de la esquina de mi hotel hay una pizzería para turistas, he entrado y he pedido una ensalada de verduras con especias. Me han traído zanahoria rallada y cocida junto a una bola de arroz y más zanahoria cortada a rodajas y también hervida, para acompañar tal suculento plato me he tomado una cerveza que aquí son de litro. Al cabo de diez minutos ya había acabado, de repente ha aparecido un extranjero, ha pedido una pizza y se ha sentado. Me he acercado y le he preguntado si le importaba que compartiera su mesa. Estaba dispuesta a experimentar por tal de no volver al hotel cochambre tan pronto. Era un noruego que llevaba en Nepal seis meses, creo que estaba borracho o bajo los efectos de una medicación fuerte. Hemos intentado hablar y compartir opiniones pero tras su segundo y estruendoso eructo me he despedido y me he ido. Parecía un ser sin alma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario